Hace dos años, en un momento de "me escapo un rato o rebiento", pasé dos semanas, sin compañía alguna, en la capital inglesa. Me enamoré de ella. Cuando he vuelto a ir, me ha gustado aún más, y he pensado más seriamente en no volver. Es lo que tiene Londres, cuanto más tiempo pasas allí, menos ganas tienes de irte.
Londres es el centro del mundo, y no sólo literalmente. En Londres converge todo, y puedes encontrar cualquier cosa, de cualquier tipo, a cualquier hora. Tiene tantos colores que te marea, y aunque es sonora, no resulta ruidosa, porque en ella reina la armonía. Todo es limpísimo y ordenado de un modo contradictoriamente caótico. En Londres todo es al revés, pero todos se acostumbran, porque siempre hay algo para todo el mundo. Londres es cosmopolita. Hay todo tipo de gente, la más buena y la más mala, de la que hay todo tipo de nacionalidades, y aunque el acento británico embelesa por doquier, escuchar el idioma más extraño no sorprende en absoluto. En Londres se junta el mundo entero gastronómica, cultural y ociosamente hablando... sin perder su esencia anglosajona.
Las cosas que más me gustan de Londres son, por ejemplo, que nunca te aburres. Siempre hay algo que hacer y a donde ir, y siempre es algo diferente. La novedad no cesa en Londres; también adoro que sea tan verde. Mires a donde mires, vayas a donde vayas, y por mucho que sea una capital, siempre hay un árbol, un jardín, o un parque con ardillas desvergonzadas; y lo que mucha gente que no conoce Londres, o quien que cree conocerla, no sabe, es que Londres no es el Big Ben. Londres no es un barullo interminable de movimiento y luces (que también lo es). Porque si sales en cinco minutos con autobús del centro, te encuentras con otro mundo, que pertenece asombrosamente a ella misma, de pueblucho tranquilo o parajes insólitos.
Londres es única. Por sus parques aislados de Jane Austen, por sus autobuses rojos de dos pisos, por sus pubs de cierre antes de medianoche, por su alternativa Camden, por su estresante metro, por sus luces nocturnas, por sus edificios góticos y modernos, por sus cafés aguados, por sus carísimos mercadillos y sus gangas vídeo musicales, por sus extraños semáforos, por la velocidad de sus viandantes, por su Támesis, por sus cementerios peliculeros, por sus valiosos museos e interminables librerías, por la unión de lo diverso...
Londres es como yo. Es viva, camaleónica, sorprendente, alegre, hiriente, nerviosa. Entre ella y yo existe una conexión que, por mucho mundo que vea y mucho que pase el tiempo, no se romperá.
Porque Londres nunca es la misma, pero siempre sigue igual.
Laura Sánchez



