martes, 26 de enero de 2010

Amada rutina


Rutina: "Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas."

Partiendo de estos datos de la Real Academia, entendemos que seguir una rutina es un acto no innato, bien antiguo y, sorprendentemente, no muy racional. La gente, por puro acostumbramiento y sin fundamento ni argumento probado, se levanta por la mañana, se ducha, se viste, toma un café y se va al trabajo, vuelve, come, hace la digestión y una siesta, sale a tomar una cerveza, vuelve y hace el amor con su pareja o, si no se da el caso de ésta y le apetece, se lo hace a si mismo, cena, ve una película de serie B o un documental de Callejeros y se va a dormir, para seguir el mismo procedimiento, u otro que no diste demasiado, al día siguiente, esperando las vacaciones para relajarse y volver posteriormente a su inconsciente mentalmente instalada rutina, abriendo y cerrando los ojos, la boca y el culo cuando su pauta se lo permita.

La rutina suele ser una agradable alineación a la sociedad. Alineación porque es una atadura inconsciente a la susodicha y agradable precisamente por no darnos cuenta del gusto por tal costumbre organizacional. El ciudadano de a pie se pasea llevando un ritmo de vida fijo que le une a la sociedad formando un conjunto funcional y uniforme que actúa sin pararse a pensar un minuto que lo que está haciendo no le pertenece y es irracional.

Acojónate.

No pretendo hacer demagogias baratas ni deseo un modelo anárquico caótico de "haz lo que te de la gana sin ataduras de ningún tipo", sino dar cuenta de que yo sí me he percatado de la situación y me he parado a reflexionar. Esto puede deberse a mi actual falta de rutina y consecuente exceso de tiempo para pensar, pero quién sabe.

Existen, por desgracia, personas inconformistas (¡o visionarias!) que se percata de que lo que hacen cada día lo hacen sin sentido, sin querer y sin pensar. Y no les gusta saberlo. Porque cuando te das cuenta de que la rutina te atrapa, caes inevitablemente en un deseo de escape desarrollado por tu parte animal, que quiere correr libre por el monte cual cervatillo sin que le digan qué tiene que hacer; la parte que sabe que hace lo dicho por tener que hacerlo y no por placer. Porque queremos hacer lo que queramos hacer y no lo que debamos hacer. ¿Por qué? Porque nos arranca el individualismo y el egoísmo de "¿por qué lo haces?"; "porque sí".

Sin embargo, una persona sin rutina se vuelve loca. La persona (servidora) que disfruta del tiempo libre de la ausencia rutinaria laboral, estudiantil, etcétera, se siente incomprendida, excluída del rebaño y sin un rumbo fijo que la una al mundo. Es el asco de levantarse y no tener nada que hacer salvo lo que te apetezca. La porquería de ser libre. Y es que lo más gracioso del asunto es que necesitamos esa rutina; esa pauta repetitiva y robotizada da sentido a nuestra existencia. La odiamos por ello, pero nos hace falta como el aire y el agua si queremos una vida "normal" (y uso las comillas porque yo no he asumido totalmente que eso sea normal).

Por tanto, lo único que nos queda es aceptar esta rutina y hacerla nuestra fiel amiga y compañera. Si queremos vivir en paz con una sociedad que encuentra la felicidad en la organización práctica y mental, sólo hay que dejarse llevar plácidamente por ella. Y exprimir inútilmente y a gusto personal e individual cualquier rato libre, degustando un buen libro, desafinando un instrumento musical, haciendo alguna actividad absurda, viajando y descubriendo culturas y pautas de otras personas, o sentándose a pensar y escribir sobre rutina.

Sin dejar nunca de sentirnos animales.

Laura Sánchez

No hay comentarios:

Publicar un comentario